Elías oró 7 veces

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Nadie puede negar el desorden ambiental que existe hoy en día. Por solo nombrar un aspecto, estamos sufriendo por falta o exceso de agua en diversas partes del mundo y este desorden es cada vez peor. En la actualidad países como Colombia, México, China y Pakistán sufren los golpes de la naturaleza.

Si hablamos de falta de agua en la ciudad, sufrirlo no debe de ser tan duro como en un desierto, verdad? Si estuvieras en el desierto qué harías? Clamarías a Dios por este recurso? Y si fuera Dios quien te hubiera llevado a ese desierto, renegarías contra Él? Leamos el libro del Éxodo 17:1-3 . Sin duda que estaban en el desierto y a pesar que la columna de nube los protegía, allí había sed y cansancio pero lo que no había ya era agua. Y luego el pueblo se quejó de su Dios! Lo increíble es que apenas hace un instante ellos venían de ver señales maravillosas en su favor como recibir el maná caído del cielo, habían visto el mar abrirse en dos para pasar en medio de él y habían sido partícipes de una libración milagrosa precedida por las 10 plagas en Egipto. Qué incredulidad! Pero lo triste es ver cómo hoy la mayoría de los cristianos somos como el pueblo de aquella época. Con seguridad la sequía ha pasado por nuestras vidas y hemos visto antes la mano de Dios ayudándonos pero cuando surgen de nuevo los problemas nos quejamos con facilidad. Las circunstancias no son fáciles. Pero qué debemos hacer? Aprender de nuestro errores y de los de otros para no cometerlos.

Qué hacer? Avanza la lectura en los versículos 4 al 7. Estaban allí en Refidim. En una ocasión similar 40 años después por culpa de la misma queja, Moisés se perdió la entrada a la Canaán terrenal. En Números 20:1-5   estando en Cades, se nos muestra lo curioso de repetir el mismo error; pero así somos los humanos. Qué han debido hacer? Quejarse? No! Clamar! Pero quien se tomó la molestia de clamar para que no fueran destruidos? El versículo 4 de Éxodo 17 nos muestra qué fue Moisés. Deberíamos aprender! En vez de quejarnos cuando estamos pasando por el desierto de las dificultades, nuestra obligación es la declamar a Dios para recibir su ayuda. Y hoy repetimos el mismo error: nos quejamos pero es Cristo quien intercede.

Por mandato de Dios los hijos de Israel fueron conducidos a Refidim, un lugar carente de agua.  El Señor, oculto en la columna de humo, los conducía y por su expreso mandato acamparon en ese lugar.  Dios sabía que en Refidim faltaba el agua, pero El los condujo allá para probar la fe de ellos; pero ¡cuán pobre fue su demostración de ser un pueblo en quien el Señor pudiera confiar! Dios nos está guiando muchas veces al desierto pero cuan pobre es nuestra fe y solo salen murmuraciones de nuestra boca en vez de clamores para recibir la bendición. Todo aquel que toma su cruz y sigue a Cristo tiene un Refidim en su camino.  La vida no está toda hecha de verdes prados ni de aguas de reposo.  El desaliento nos alcanza; llegan las privaciones; se producen incidentes que nos ponen en dificultad. A medida que avanzamos en el sendero angosto haciendo, según creemos, lo mejor, encontramos pruebas dolorosas que nos asedian. . . Acusados  por la conciencia razonamos que si hubiéramos caminado con Dios nunca hubiésemos sufrido de este modo.

Desde antaño el Señor condujo a su pueblo a Refidim, y puede escoger conducirnos a nosotros allí con el propósito de probar nuestra fidelidad y lealtad hacia Él.  En su misericordia, El no siempre nos coloca en los lugares más fáciles; pues si lo hiciera, por nuestra autosuficiencia olvidaríamos que el Señor es nuestro ayudador en tiempo de necesidad.  Pero Él desea manifestarse en medio de nuestras emergencias y revelarnos la abundante ayuda que hay a nuestra disposición, independientemente de lo que nos rodea; y El permite los desengaños y las pruebas para que percibamos nuestra impotencia y aprendamos a pedir ayuda al Señor, como un niño que cuando está hambriento y sediento se dirige a su padre terrenal. Nuestro Padre celestial tiene el poder de transformar las duras rocas en corrientes refrescantes y vivificantes. Nunca sabremos, hasta que estemos ante Dios cara a cara. . . cuántas cargas El llevó por nosotros, y cuántas habría estado dispuesto a llevar si, con una fe semejante a la de un niño, se las hubiéramos llevado a El.

Avancemos un poco en la historia del pueblo Hebreo. En la época del profeta Elías, casi 400 años de la historia anterior, la región de Samaria, las 10 tribus de norte sufrían de una gran sequedad causada por algo diferente: la idolatría del pueblo (Capítulos 17 y 18 del primer libro de Reyes. La situación era grave! Pero después de la escena de la muerte de los 450 profetas de Baal, Elías ua vez ha extirpado casi al completo uno de los mayores focos de la idolatría, ora por lluvia.

Leamos 1 Reyes 18:41-46. Elías dominaba completamente la situación. Fue él quien dio órdenes al pueblo y el que dirigió al rey. Elías dijo “una gran lluvia suena”. Ya estaban apareciendo los truenos en el cielo? El sonido no estaba en los oídos del profeta sino en su corazón. Por fe sabía que estaba por llover porque empezando el capítulo 18 está registrada la promesa del Señor. El arrepentimiento del pueblo había suprimido el motivo del castigo y Elías se dio cuenta de que estaban por caer las lluvias por tanto tiempo anheladas. Elías vivía una vida de fe y de oración.

Su oración fue de intercesión a favor del Israel arrepentido. Sabía que vendría la lluvia, pero se preocupaba para que se cumplieran plenamente las condiciones para recibir la bendición celestial, y para que pudieran ser permanentes los resultados de la reforma. Ahora: sabemos que vendrá la lluvia de bendiciones en nuestras vidas?  En los momentos difíciles tenemos la plena confianza que el Señor está al control y que nos va a responder? Entonces porque nos la pasamos tristes y lloramos y nos quejamos? Únicamente cuando el pueblo de Dios esté imbuido de intenso fervor y cuando esté dispuesto a orar como Elías, y cuando principalmente se preocupe de cumplir con las condiciones requeridas, entonces caerá la lluvia que espera.

La lluvia no cayó inmediatamente, pero no vaciló la fe de Elías. Continuó orando más fervientemente que antes vez tras vez. Dios nos ha dado una poderosa promesa en Mateo 7:7…pero el Señor no dice “pedid una vez y se os dará”. Elías se postró y clamó 7 veces. Si hubiera abandonado a la primera? A la sexta? Seguro que a un paso de la bendición la hubiera perdido. Debemos clamar hasta que llegue la respuesta y eso es promesa de Dios. Con humildad debemos acudir a Dios sin pretender que Dios está obligado a respondernos cuándo y cómo queremos y sin cumplir nuestra parte. Esto es igual al pecado de presunción y si Elías hubiera obrado con presunción hubiera muerto en el instante...pero su oración es ejemplo de humildad y de fe.

El mundo hoy necesita hombres con la fe de Elías. La obra de Dios será terminada por hombres que obren con el espíritu y poder de este profeta de la antigüedad.  La mano de Dios no se ha acortado para que no pueda salvar. Dios es tan poderoso y está tan dispuesto a conceder victorias hoy como en el tiempo de Elías. Cuando el pueblo de Dios llegue al punto de tener el mismo espíritu que tuvo Elías, cuando sea tan ferviente, tan activo, tan valiente, tan dispuesto a perseverar en oración, tan intrépido frente al peligro y tan ansioso de responder a las invitaciones del Señor, entonces se terminará prestamente la obra de Dios y Jesús volverá para recibir a los suyos.

En las dos historias de hoy tenemos un desierto, la sequedad. Una fue para probar la fe del pueblo, la otra fue consecuencia del pecado. Si hoy estás pasando por un desierto, muy probablemente tu situación corresponda a una de las dos. Enmienda tu camino, encomiéndate al Señor y Él te salvará.

"El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su bondad, El Señor te mire con amor y te de su paz!

 

 

 

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