La parábola de los labradores malvados, explicación

La parábola de los labradores malvados

En la parábola de los labradores malvados Jesús dijo:—Fue un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña; y la cercó de vallado, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a labradores, y se partió lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, al uno hirieron, y al otro mataron, y al otro apedrearon… Y a la postre les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, viendo al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad. Y tomando, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Pues cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?”

Jesús se dirigió a todos los presentes; pero los sacerdotes y gobernantes respondieron: “A los malos destruirá miserablemente y su viña dará a renta a otros labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos”. Los que hablaban no habían percibido al principio la aplicación de la parábola, mas ahora vieron que habían pronunciado su propia condenación.

Explicación de la parábola de los labradores malvados

En la parábola, el señor de la viña representa a Dios, la viña a la nación judía, el vallado la ley divina que la protegía, la torre es un símbolo del templo. El señor de la viña había hecho todo lo necesario para su prosperidad. “¿Qué más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?” Así se representaba el infatigable cuidado de Dios por Israel. Y como los labradores debían devolver al dueño una debida proporción de los frutos de la viña.

Pero como los labradores habían matado a los siervos que el señor les envió en busca de fruto, así los judíos habían dado muerte a los profetas a quienes Dios les enviara para llamarlos al arrepentimiento. Mensajero tras mensajero había sido muerto. Hasta aquí la aplicación de la parábola de los labradores malvados no podía confundirse, y en lo que siguiera no sería menos evidente.

En el amado hijo a quien el señor de la viña envió finalmente a sus desobedientes siervos, a quien ellos habían prendido y matado, los sacerdotes y gobernantes vieron un cuadro claro de Jesús y su suerte inminente. Ya estaban ellos maquinando la muerte de Aquel a quien el Padre les había enviado como último llamamiento. En la retribución infligida a los ingratos labradores, estaba pintada la sentencia de los que matarían a Cristo.

La piedra desechada

El Salvador continuó: “¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, esta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará”.

Los judíos habían repetido a menudo esta profecía en las sinagogas aplicándola al Mesías venidero. Cristo era la piedra del ángulo de la dispensación judaica y de todo el plan de la salvación. Los edificadores judíos, los sacerdotes y gobernantes de Israel, estaban rechazando ahora esta piedra fundamental. El Salvador les llamó la atención a las profecías que debían mostrarles su peligro. Por todos los medios a su alcance procuró exponerles la naturaleza de la acción que estaban por realizar.

Y sus palabras tenían otro propósito. Al hacer la pregunta: “Cuando viniere el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?” Cristo se proponía que los fariseos contestaran como lo hicieron. Él quería mostrarles cuán justo era Dios al privarlos de sus privilegios nacionales, cosa que ya había empezado, y terminaría no solamente con la destrucción de su templo y ciudad, sino con la dispersión de la nación.

Cristo es una “piedra probada”

Jesús nunca chasquea a los que confían en Él. Él ha soportado la carga de la culpa de Adán y de su posteridad, y ha salido más que vencedor de los poderes del mal. Ha llevado las cargas arrojadas sobre Él por cada pecador arrepentido. En Cristo ha hallado alivio el corazón culpable. El apóstol Pedro, escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo, muestra claramente para quiénes es Cristo una piedra fundamental y para quiénes una roca de escándalo:

“Si empero habéis gustado que el Señor es benigno; al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres, empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella, no será confundido. Ella es pues honor a vosotros que creéis: más para los desobedientes, la piedra que los edificadores reprobaron, esta fue hecha la cabeza del ángulo; y piedra de tropiezo, y roca de escándalo a aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes”.

Para todos los que creen, Cristo es el fundamento seguro. Estos son los que caen sobre la Roca y son quebrantados. Así se representan la sumisión a Cristo y la fe en Él. Caer sobre la Roca y ser quebrantado es abandonar nuestra justicia propia e ir a Cristo con la humildad de un niño, arrepentidos de nuestras transgresiones y creyendo en su amor perdonador. Y es asimismo por la fe y la obediencia cómo edificamos sobre Cristo como nuestro fundamento.

Ante el universo, la piedra rechazada vendría a ser cabeza del ángulo

“Y sobre quien ella cayere, le desmenuzará”. El pueblo reflejado en la parábola de los labradores malvados, el mismo pueblo que rechazó a Cristo, iba a ver pronto su ciudad y su nación destruidas. Su gloria había de ser deshecha y disipada como el polvo delante del viento. ¿Y qué destruyó a los judíos? Fue la roca que hubiera constituido su seguridad si hubiesen edificado sobre ella. Fue la bondad de Dios que habían despreciado, la justicia que habían menospreciado, la misericordia que habían descuidado. Los hombres se opusieron resueltamente a Dios, y todo lo que hubiera sido su salvación fue su ruina. Todo lo que Dios ordenó para que vivieran, les resultó causa de muerte.

En la crucifixión de Cristo por los judíos, estaba envuelta la destrucción de Jerusalén. La sangre vertida en el Calvario fue el peso que los hundió en la ruina para este mundo y el venidero. Así será en el gran día final, cuando se pronuncie sentencia sobre los que rechazan la gracia de Dios. Cristo, su roca de escándalo, les parecerá entonces una montaña vengadora. La gloria de su rostro, que es vida para los justos será fuego consumidor para los impíos. Por causa del amor rechazado, la gracia menospreciada, el pecador se destruirá.

Mediante muchas ilustraciones y repetidas amonestaciones Jesús mostró cuál sería para los judíos el resultado de rechazar al Hijo de Dios. Por estas palabras Él se estaba dirigiendo a todos los que en cada siglo rehúsan recibirle como su Redentor. Cada amonestación es para ellos. El templo profanado, el hijo desobediente, los falsos labradores, los edificadores insensatos tienen su contraparte en la experiencia de cada pecador. A menos que el pecador se arrepienta, la sentencia que aquellos anunciaron será suya.

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