La parábola del hombre rico y Lázaro, explicación para los últimos días

parábola del hombre rico y Lázaro

En la parábola del hombre rico y Lázaro, Cristo muestra que los hombres deciden su destino eterno en esta vida. La gracia de Dios se ofrece a cada alma durante este tiempo de prueba. Pero si los hombres malgastan sus oportunidades en la complacencia propia, pierden la vida eterna. No se les concederá ningún tiempo de gracia complementario. Por su propia elección han constituido una gran sima entre ellos y Dios.

Esta parábola presenta un contraste entre el rico que no ha hecho de Dios su sostén y el pobre que lo ha hecho. Cristo muestra que viene el tiempo en que se invertirá la posición de las dos clases. Los que son pobres en los bienes de esta tierra pero que confían en Dios y son pacientes en su sufrimiento, algún día serán exaltados por encima de los que ahora ocupan los puestos más elevados que puede dar el mundo, pero que no han rendido su vida a Dios.

La clase del hombre rico de la parábola

“Había un hombre rico -dijo Cristo-, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual estaba echado a la puerta de él, lleno de llagas, y deseando hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico”.

El rico pretendía ser hijo de Abrahán. No trataba con violencia al mendigo, ni lo echaba porque le era desagradable su aspecto. Si el pobre y repugnante individuo podía consolarse contemplándolo cuando entraba por su puerta, el rico estaba de acuerdo con que permaneciera allí. Pero revelaba una egoísta indiferencia a las necesidades de su hermano doliente.

Se llama la atención de aquellos a quienes el Señor ha confiado riquezas, y hacia los doloridos y necesitados para que estos reciban socorro y simpatía. Tal era el caso de estos dos personajes de la parábola del hombre rico y Lázaro. El mendigo necesitaba grandemente socorro porque no tenía amigos, hogar, dinero ni alimento. Sin embargo, mientras el rico noble podía suplir todas sus necesidades, lo dejaba en esa condición día tras día. El que podía aliviar grandemente los sufrimientos de su prójimo, vivía para sí, como muchos lo hacen hoy día.

En la actualidad hay muchos, muy cerca de nosotros, que están hambrientos, desnudos y sin hogar. El descuido manifestado por nosotros al no dar de nuestros medios a esos necesitados y dolientes nos carga con una culpabilidad que algún día temeremos afrontar. Toda avaricia es condenada como idolatría. Toda complacencia egoísta es una ofensa a la vista de Dios.

Dios había hecho del rico un mayordomo de sus medios

La obligación del rico un mayordomo era proporcional a la abundancia recibida. Tal era la orden divina, pero el rico no pensó en su obligación para con Dios. Tenía conocimiento y talentos, pero no los utilizaba. Olvidado de su responsabilidad ante Dios, dedicaba al placer todas sus facultades. Todo lo que lo rodeaba, su círculo de diversiones, la alabanza y la lisonja de sus amigos, ministraba a su gozo egoísta. Tan absorto estaba en la sociedad de sus amigos que perdió todo sentido de su responsabilidad de cooperar con Dios en su ministración de misericordia.

Tuvo oportunidad de entender la Palabra de Dios y practicar sus enseñanzas; pero la sociedad amadora del placer que él escogió ocupaba de tal manera su tiempo que se olvidó del Dios de la eternidad.

Vino el tiempo en que se realizó un cambio en la condición de los dos hombres. El pobre había sufrido todos los días, pero había sido paciente y soportado en silencio. Con el transcurso del tiempo murió y fue enterrado. No hubo lamentaciones por él; pero mediante su paciencia en los sufrimientos había testificado por Cristo, había soportado la prueba de su fe, y a su muerte se lo representa llevado por los ángeles al seno de Abrahán.

Lázaro representa a los pobres dolientes que creen en Cristo. Cuando suene la trompeta, y todos los que están en la tumba oigan la voz de Cristo y salgan, recibirán su recompensa; pues su fe en Dios no fue una mera teoría, sino una realidad (1 Tesalonicenses 4.16).

En la parábola del hombre rico y Lázaro Cristo estaba haciendo frente al público en su propio terreno

“Murió también el rico, y fue sepultado. Y en el infierno alzó sus ojos, estando en los tormentos, y vio a Abrahán de lejos, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abrahán, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque soy atormentado en esta llama”.

La doctrina de un estado de existencia consciente entre la muerte y la resurrección era sostenida por muchos de aquellos que estaban escuchando las palabras de Cristo. El Salvador conocía esas ideas, e ideó su parábola de manera tal que inculcara importantes verdades por medio de esas opiniones preconcebidas.

Cristo empleó la opinión prevaleciente para presentar la idea que deseaba destacar en forma especial, es a saber, que ningún hombre es estimado por sus posesiones; pues todo lo que tiene le pertenece en calidad de un préstamo que el Señor le ha hecho, y un uso incorrecto de estos dones lo colocará por debajo del hombre más pobre y más afligido que ama a Dios y confía en él.

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No hay un segundo tiempo de gracia

Jesús desea que sus oyentes comprendan que es imposible que el hombre obtenga la salvación del alma después de la muerte. “Hijo -se le hace responder a Abrahán-, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males, mas ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Y además de esto, una grande sima está constituida entre nosotros y vosotros, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá”.

Cristo presentó en la parábola del hombre rico y Lázaro lo irremediable y desesperado que es buscar un segundo tiempo de gracia. Esta vida es el único tiempo que se le ha concedido al hombre para que en él se prepare para la eternidad.

El hombre rico había pasado su vida en la complacencia propia, y se dio cuenta demasiado tarde de que no había hecho provisión para la eternidad. Comprendió su insensatez y pensó en sus hermanos, los que seguirían el mismo camino que él, viviendo para agradarse a sí mismos. Entonces hizo esta petición: “Ruégote pues, padre, que le envíes [a Lázaro] a la casa de mi padre; porque tengo cinco hermanos; para que les testifique, porque no vengan ellos también a este lugar de tormento”. Pero Abrahán le dijo: “A Moisés y a los profetas tienen: óiganlos… Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantara de los muertos”.

Estas palabras demostraron ser ciertas en la historia de la nación judía

El último y culminante milagro de Cristo fue la resurrección de Lázaro de Betania, después que había estado muerto durante cuatro días. Se les concedió a los judíos esta maravillosa evidencia de la divinidad del Salvador, pero la rechazaron. Lázaro se levantó de los muertos, y presentó ante ellos su testimonio, pero endurecieron su corazón, contra toda evidencia, y hasta trataron de quitarle la vida.

La ley y los profetas son los agentes señalados por Dios para la salvación de los hombres. Cristo dijo: Presten ellos oído a estas evidencias. Si no escuchan la voz de Dios en su Palabra, el testimonio de un ser levantado de los muertos no sería escuchado.

La conversación de la parábola del hombre rico y Lázaro es figurada

La lección que hemos de sacar de ella es que a todo hombre se le ha concedido el conocimiento suficiente para la realización de los deberes que de él se exigen. Las responsabilidades del hombre son proporcionales a sus oportunidades y privilegios. Dios concede a cada uno la luz y la gracia suficientes para que efectúe la obra que le ha dado. Si el hombre deja de hacer lo que una pequeña luz le muestra que es su deber, una mayor cantidad de luz revelará únicamente infidelidad y negligencia en aprovechar las bendiciones concedidas.

“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto”—Lucas 16: 10.  No hay ningún pecado en ser rico, si las riquezas no se adquieren injustamente. Un hombre rico no es condenado por tener riquezas; pero la condenación descansa sobre él si los medios que se le han confiado son gastados egoístamente. Mucho mejor sería que colocara su dinero ante el trono de Dios, usándolo para lo bueno.

La muerte no puede convertir en pobre a un hombre que de esta manera se dedica a buscar las riquezas eternas. Pero el hombre que amontona para sí su tesoro no puede llevar nada de él al cielo. Ha demostrado ser un mayordomo infiel. Durante toda su vida tuvo sus buenas cosas, pero se olvidó de su obligación para con Dios. Dejó de obtener el tesoro celestial.

En los últimos días

Las escenas finales de la historia de esta tierra se hallan presentadas en la parte final de la parábola del hombre rico y Lázaro. Este pretendía ser hijo de Abrahán, pero se hallaba separado de él por un abismo insalvable, esto es, un carácter equivocadamente desarrollado. Abrahán sirvió a Dios, siguiendo su palabra con fe y obediencia. Pero el hombre rico no se preocupaba de Dios ni de las necesidades de la doliente humanidad. El gran abismo que existía entre él y Abrahán era el abismo de la desobediencia.

Hay muchos hoy día que están siguiendo la misma conducta. Aunque son miembros de la iglesia, no están convertidos. No son más justos a la vista de Dios que los más señalados pecadores. El alma que suspira por la excitación de los placeres mundanos, la mente que ama la ostentación no puede servir a Dios.

Como el rico de la parábola, una persona tal no siente inclinación al luchar contra los deseos de la carne. Se deleita en la complacencia del apetito. El escoge la atmósfera del pecado. Es de repente arrebatado por la muerte, y descienda el sepulcro con el carácter que ha formado. En el sepulcro no tiene poder de escoger nada, sea bueno o malo; porque el día en que el hombre muere, perecen sus pensamientos— Eclesiastés 9:5-6.

En la resurrección

Cuando la voz de Dios despierte a los muertos, él saldrá del sepulcro con los mismos apetitos y pasiones, los mismos gustos y aversiones que poseía en la vida. Dios no hará ningún milagro por regenerar al hombre que no quiso regenerarse cuando se le concedió toda oportunidad y se le proveyó toda felicidad para ello. Mientras vivía no halló deleite en Dios, ni halló placer a su servicio. Su carácter no se halla en armonía con Dios y no podrá ser feliz en la familia celestial.

Hoy día existe una clase de persona en nuestro mundo que tiene la justicia propia. No son comilones, no son borrachos, no son incrédulos; pero quieren vivir para sí mismos, no para Dios. Él no se halla en sus pensamientos, por consiguiente se los califica con los incrédulos. No han servido de Dios aquí, no lo servirían en el futuro. No podrían vivir en su presencia, y no se sentirían a gusto en ningún lugar del cielo.

Aprender de Dios significa recibir su gracia, la cual es su carácter. Pero aquellos que no aprecian ni aprovechan las preciosas oportunidades y las sagradas influencias que se le conceden en la tierra, no están capacitados para tomar parte en la devoción pura del cielo. Su carácter no está moldeado de acuerdo con la similitud divina. Por su propia negligencia han formado un abismo que nada puede salvar. Entre ellos y la justicia se ha formado una gran sima.

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