La parábola del tesoro escondido

La parábola del tesoro escondidoPara entender la parábola del tesoro escondido debemos recrear en la mente los tiempos antiguos en los que los hombres acostumbraban a esconder sus tesoros en la tierra. Los robos eran frecuentes y cuando quiera que hubiese un cambio en el poder gobernante, los que tenían grandes posesiones estaban expuestos a que se les aplicasen pesados tributos. Por otra parte, un país podía estar en constante peligro de ser invadido por ejércitos merodeadores. Por consiguiente, los ricos trataban de preservar sus riquezas ocultándolas y la tierra era considerada como un seguro escondite.

“Además, el reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo; el cual hallado, el hombre lo encubre, y de gozo de ello va, y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”— Mateo 13:44.

El mayor tesoro

A menudo se olvidaba el lugar en que se había escondido el tesoro; la muerte podía arrebatar al dueño; el encarcelamiento o el destierro podían alejarlo de su tesoro, y la riqueza cuya preservación le había costado tanto trabajo, era dejada para la persona afortunada que la encontrase. En los días de Cristo no era raro descubrir en un terreno descuidado viejas monedas y ornamentos de oro y plata.

En este contexto Jesús narra la parábola del tesoro escondido. Un hombre alquila un terreno para cultivarlo y mientras ara la tierra con sus bueyes, desentierra un tesoro. En seguida ve que una fortuna se halla a su alcance. Restituyendo el oro a su escondite, regresa a casa y vende todo lo que tiene para comprar el terreno que contiene el tesoro. Su familia y sus vecinos piensan que procede como un loco. No ven valor alguno en ese terreno descuidado. Pero el hombre sabe lo que hace y cuando tiene el título del campo, revuelve cada parte de él para encontrar el tesoro que ha conseguido.

Esta parábola ilustra el valor del tesoro celestial y el esfuerzo que deberíamos hacer para obtenerlo. El que encontró el tesoro en el campo estaba listo para abandonar todo lo que tenía y realizar una labor incansable a fin de obtener las riquezas ocultas. Así el que halla el tesoro celestial no debe considerar ningún trabajo demasiado grande y ningún sacrificio demasiado caro para ganar los tesoros de la verdad.

Lo que representa el campo

En la parábola del tesoro escondido, el campo que contiene la riqueza representa las Sagradas Escrituras y el Evangelio es el tesoro. La tierra misma no se halla tan entretejida de vetas de oro ni está tan llena de cosas preciosas como sucede con la Palabra de Dios.

Se dice que los tesoros del Evangelio están escondidos. Aquellos que son sabios en su propia estima, los que están hinchados por la enseñanza de la vana filosofía, no perciben la hermosura, el poder y el misterio del plan de la redención. Muchos tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no oyen; tienen intelecto, pero no disciernen el tesoro escondido. Dios no esconde su verdad de los hombres. Por su propia conducta ellos la oscurecen para sí mismos.

Los hombres de nuestros días están buscando afanosamente los tesoros terrenales. Su mente está llena de pensamientos egoístas y ambiciosos. Por ganar las riquezas, el honor o el poder mundanos colocan las tradiciones y los mandamientos de los hombres por encima de los requisitos de Dios. Las riquezas de su Palabra se hallan ocultas a estas personas: “El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente”—1 Corintios 2:14.

El valor del tesoro escondido

El Salvador vio que los hombres estaban absortos en conseguir ganancias y perdían de vista las realidades eternas. Intentó corregir este mal. Trató de romper el hechizo que paralizaba el alma. Elevando su voz clamó: “Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? Pues ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?”—Marcos 8:36-37. Cristo presenta ante la humanidad caída el mundo más noble que ha perdido de vista, a fin de que contemplen las realidades eternas.

El tesoro se encuentra en las Escrituras. La Biblia es el gran libro de texto de Dios, su gran educador. El fundamento de toda ciencia verdadera se halla en la Biblia. Cada rama del conocimiento puede hallarse escudriñando la Palabra de Dios. Y sobre toda otra cosa contiene la ciencia de todas las ciencias, la ciencia de la salvación. La Biblia es la mina de las inescrutables riquezas de Cristo.

La verdadera educación superior se obtiene estudiando y obedeciéndola Palabra de Dios. Pero cuando la Biblia se deja de lado en beneficio de libros que no conducen a Dios y al reino de los cielos, la educación adquirida es una perversión de ese nombre. Muchos enseñan que la sabiduría del hombre es superior a la sabiduría del divino Maestro, y se considera al libro de texto de Dios como anticuado, pasado de moda y carente de interés. Pero no lo consideran así aquellos que han sido vivificados por el Espíritu Santo.

Buscar el tesoro de la parábola

La Palabra de Dios ha de ser nuestro estudio. Hemos de educar a nuestros hijos en las verdades que allí encontramos. Es un tesoro inagotable; pero los hombres no lo encuentran porque no lo buscan hasta posesionarse de él. Muchos se contentan con una suposición acerca de la verdad. Se conforman con una obra superficial, dando por sentado que tienen todo lo que es esencial. Consideran los dichos de otros como la verdad y son demasiado indolentes para aplicarse a un trabajo fervoroso y diligente, representado en la Palabra por el acto de cavar para hallar el tesoro oculto.

Las invenciones de los hombres no solamente no son dignas de confianza, sino que son peligrosas, pues colocan al hombre en el lugar que corresponde a Dios. Colocan los dichos de los hombres donde debería hallarse un “Así dice Jehová”.

Cristo es la verdad. Sus palabras son verdad, y tienen un significado más profundo del que aparentan tener en la superficie. Todos los dichos de Cristo tienen un significado que sobrepuja su modesta apariencia. Las mentes avivadas por el Espíritu Santo discernirán el valor de esos dichos como el de la parábola del tesoro escondido.

La recompensa de la investigación

Nadie piense que ya no hay más conocimiento que adquirir. La profundidad del intelecto humano puede ser medida; las obras de los autores humanos pueden dominarse, pero el más alto, profundo y ancho arrebato de la imaginación no puede descubrir a Dios. Hay una infinidad más allá de todo lo que podamos comprender. Hemos contemplado solamente una vislumbre de la gloria divina y de la infinitud del conocimiento y la sabiduría.

Nadie puede escudriñar las Escrituras con el Espíritu de Cristo y quedar sin recompensa. Cuando el hombre esté dispuesto a ser instruido como un niñito, cuando se someta completamente a Dios, encontrará la verdad en su Palabra. Si los hombres fueran obedientes comprenderían el plan del gobierno de Dios. Los seres humanos serían totalmente diferentes de lo que son ahora, porque al explorar las minas de la verdad, los hombres quedarían ennoblecidos.

El misterio de la redención, la encarnación de Cristo, su sacrificio expiatorio, no serían como ahora, vagos en nuestra mente. Serían no solamente mejor comprendidos, sino del todo más altamente apreciados. En la oración que Cristo dirigió al Padre, dio al mundo una lección que debe grabarse en la mente y el alma. “Esta empero es la vida eterna—dijo—: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado”—Juan 17:3 Esta es la verdadera educación, el conocimiento que se obtiene al escudriñar la Palabra de Dios. Y este tesoro puede ser encontrado por toda alma que desea dar todo lo que posee por obtenerlo.

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