Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen

Honra a tu padre y a tu madre

El mandato “Honra a tu padre y a tu madre” que encontramos en el relato del libro del Éxodo capítulo 20, nos muestra la integridad de la Ley de Dios. Habiendo abarcado los cuatro primeros mandamientos en la primera tabla de la Ley —nuestros deberes para con Dios—, se nos describe lo que hay en la segunda tabla: nuestros deberes para con nuestro prójimo. En este punto vemos que los padres son para sus hijos como los representantes de Dios y es lógico que nuestro primer deber se refiriera a ellos.

El respeto por toda autoridad legítima

Colosenses 3: 20 Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.

Un propósito de este mandamiento es crear respeto por toda autoridad legítima. El respeto comienza con el concepto que los niños tienen de sus padres. En la mente del niño esto se convierte en la base para el respeto y la obediencia que se deben a los que tienen una autoridad legítima sobre él para toda la vida, particularmente en la iglesia y en el estado (Romanos 13: 1-7; Hebreos 13: 17; 1 Pedro 2: 13-18). Está incluido en el espíritu de este mandamiento el pensamiento de que los que gobiernan en el hogar y fuera de él debieran conducirse de tal manera que sean siempre dignos del respeto y de la obediencia de quienes dependen de ellos.

No hay época en la vida en que los hijos estén excusados de honrar a sus padres. Esta solemne obligación rige para cada hijo e hija y es una de las condiciones impuestas para que se prolongue su vida en la tierra que el Señor dará a los fieles. Este no es un asunto indigno de atención, sino que es de vital importancia.

Los hijos deben sentir que tienen una deuda con sus padres que los han cuidado durante su infancia y en tiempos de enfermedad. Deben darse cuenta de que sus padres han sufrido mucha ansiedad por ellos. Los padres que han trabajado a conciencia han sentido el más profundo interés en que sus hijos elijan el buen camino y han vivido con tristeza al ver defectos en ellos.

Honra a tu padre y a tu madre, el primer mandamiento con promesa

Efesios 6:1-3 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

Cuando los hijos lleguen a la edad adulta apreciarán al padre que trabajó fielmente y no les permitió que cultivaran sentimientos erróneos y que cedieran a malos hábitos. La orden está vigente para todos: “Honra a tu padre y a tu madre, porque tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Este es el primer mandamiento con promesa y es entregado a los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. La promesa se hace a condición de que se obedezca. Si obedecemos, viviremos mucho tiempo en la tierra que Jehová nuestro Dios nos dará. Si desobedecemos, nuestra vida no se prolongará en aquella tierra.

Se debe a los padres mayor grado de amor y respeto que a ninguna otra persona. El que desecha la legítima autoridad de sus padres, desecha la autoridad de Dios. El quinto mandamiento no sólo requiere que los hijos sean respetuosos, sumisos y obedientes a sus padres, sino que también los amen y sean tiernos con ellos, que alivien sus cuidados, que escuden su reputación, y que les ayuden y consuelen en su vejez.

Muchos violan el quinto mandamiento

En estos días los hijos se distinguen tanto por su desobediencia y falta de respeto, que Dios lo ha notado especialmente. Ello constituye una señal de que el fin se acerca y demuestra que Satanás ejerce un dominio casi completo sobre la mente de los jóvenes. Muchos no respetan ya las canas: Proverbios 16:31 “Corona de honra es la vejez Que se halla en el camino de justicia”.

Dios no puede prosperar a los que obran en forma contraria al deber que se especifica más claramente en su Palabra, el de los hijos para con sus padres. Si desprecian y deshonran a sus padres terrenales no respetarán ni amarán a su Creador. Cuando los hijos tienen padres que no creen en Dios, cuyas órdenes contradicen lo que Cristo requiere, entonces, por doloroso que sea, deben obedecer a Dios y confiarle las consecuencias.

Hay muchos niños que profesan conocer la verdad y no tributan a sus padres el honor y afecto que se les debe, que manifiestan poco amor hacia ellos y no los honran cediendo a sus deseos o tratando de evitarles ansiedad. Muchos de los que profesan ser cristianos no saben lo que es “honra a tu padre y a tu madre,” y en consecuencia poco sabrán lo que significa “porque tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. En esta era de rebelión, los hijos no han recibido la debida instrucción y disciplina y tienen poca conciencia de sus obligaciones hacia sus padres. Sucede a menudo que cuanto más hacen sus padres por ellos, tanto más ingratos son, y menos los respetan.

En el cielo no caben los hijos ingratos

Satanás ha cegado los intelectos de los jóvenes para que no puedan comprender las verdades de la Palabra de Dios. Los hijos que deshonran y desobedecen a sus padres, y desprecian sus consejos e instrucciones, no pueden tener parte en la tierra renovada y purificada. Esta no será para el hijo o la hija que hayan sido rebeldes, desobedientes e ingratos. A menos que aprendan a obedecer y someterse aquí, nunca lo aprenderán; la paz de los redimidos no será turbada por hijos desobedientes, revoltosos e insumisos.

Hay hijos que no parecen tener afecto que conceder a sus padres, ni les expresan el amor y cariño que les deben y que ellos apreciarían. Se debe introducir en el hogar cuantos rayos de sol, amor y afecto quepan. Los padres apreciarán estas pequeñas atenciones que se les pueda otorgar. Nuestros esfuerzos por aligerar las cargas, y por reprimir toda palabra de irritación e ingratitud, demuestran que no somos hijos irreflexivos, y que apreciamos el cuidado y el amor que nos dieron durante los años de nuestra infancia.

Si somos verdaderamente convertidos e hijos de Jesús, honraremos a nuestros padres. No sólo haremos lo que nos digan, sino que buscamos oportunidades de ayudarles. Al obrar así trabajamos para Jesús y Él considera todas estas acciones atentas y serviciales como si las hubiésemos hecho a Él.

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