La parábola de los dos hijos, explicación y enseñanza

parábola de los dos hijos

La parábola de los dos hijos se pronunció en ocasión de la última visita de Cristo a Jerusalén antes de su muerte. Él había echado del templo a los que compraban y vendían. Su voz había hablado al corazón de ellos con el poder de Dios. Asombrados y aterrorizados, habían obedecido su mandato sin excusa o resistencia.

Cuando desapareció su terror, los sacerdotes y ancianos al volver al templo, habían encontrado a Cristo sanando a los enfermos y los moribundos. Sin embargo, para ellos todo esto no fue suficiente para vencer su prejuicio y su celo. Al día siguiente, cuando Cristo estaba enseñando en el templo, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo vinieron a Él y le dijeron: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?”.

Todos ellos habían tenido una evidencia inequívoca del poder de Cristo. Al limpiar Jesús el templo, habían visto la autoridad del cielo que irradiaba de su rostro. No pudieron resistir el poder con el cual hablaba. Otra vez, con sus maravillosas curaciones había contestado su pregunta. Había dado una evidencia de su autoridad que no podía controvertirse.

La presentación de la parábola de los dos hijos

“UN HOMBRE tenía dos hijos, y llegando al primero le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después, arrepentido, fue. Llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Yo, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dicen ellos: El primero”—Mateo 21:28-31.

Entonces Cristo presentó la parábola del padre y los dos hijos. Cuando el padre fue al primer hijo diciéndole: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”, el hijo le respondió prontamente: “No quiero”. Rehusó obedecer, y se entregó a malos caminos y malas compañías. Pero después se arrepintió y obedeció la orden. El padre fiel al segundo hijo con la misma orden: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”. La respuesta de este hijo fue: “Yo, señor, voy”, pero no fue.

En esta parábola el padre representa a Dios, la viña a la iglesia. Los dos hijos representan dos clases de personas. El hijo que rehusó obedecer la orden diciendo: “No quiero”, representaba a los que estaban viviendo en abierta transgresión, que no hacían profesión de piedad, que abiertamente rehusaban ponerse bajo el yugo de la restricción y la obediencia que impone la ley de Dios. Pero muchos de ellos después se arrepintieron y obedecieron al llamamiento de Dios. Cuando llegó a ellos el Evangelio en el mensaje de Juan el Bautista: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado” se arrepintieron y confesaron sus pecados.

La pregunta de Cristo

El carácter de los fariseos quedó revelado en el hijo que replicó: “Yo, señor, voy”, y no fue. Como este hijo, los dirigentes judíos eran impenitentes y tenían suficiencia propia. La vida religiosa de la nación judía se había convertido en una simulación. Cuando la voz de Dios proclamó la ley desde el Sinaí, todo el pueblo prometió obedecer. Dijeron: “Yo, Señor, voy”, pero no fueron. Cuando Cristo vino en persona para presentar delante de ellos los principios de la ley lo rechazaron. Cristo había dado a los dirigentes judíos de su tiempo evidencia abundante de su autoridad y poder divinos, pero, aunque estaban convencidos, no aceptaron la evidencia.

En el grupo que estaba delante de Jesús había escribas y fariseos, sacerdotes y gobernantes, y después de presentar la parábola de los dos hijos, Cristo dirigió a sus oyentes la pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” Olvidándose de sí mismos, los fariseos contestaron: “El primero”. Esto lo dijeron sin comprender que estaban pronunciando sentencia contra ellos mismos. Entonces salió de los labios de Cristo la denuncia: “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras os van delante al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; y los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle”.

En la parábola, el hijo que afirmó: “Yo, señor, voy”, se presentó a sí mismo como fiel y obediente; pero el tiempo comprobó que su profesión no era sincera. Él no tenía verdadero amor por su padre. Así los fariseos se jactaban de su santidad, pero cuando fueron probados, se los halló faltos. Cuando les interesaba hacerlo, presentaban los requerimientos de la ley como muy exigentes; pero cuando a ellos mismos se les exigía la obediencia, despojaban de su fuerza los preceptos de Dios.

Nunca podremos, ser salvados en la indolencia y la inactividad

La justicia propia no es verdadera justicia, y los que se adhieran a ella tendrán que sufrir las consecuencias de haberse atenido a un fatal engaño. Muchos pretenden hoy día obedecer los mandamientos de Dios, pero no tienen en sus corazones el amor de Dios que fluye hacia otros. Cristo los llama a unirse con Él en su obra por la salvación del mundo, pero ellos se contentan diciendo: “Yo, señor, voy”. Pero no van. No cooperan con los que están realizando el servicio de Dios. Son perezosos. Como el hijo infiel, hacen a Dios promesas falsas.

El hijo que durante un tiempo rehusó obedecer la orden de su padre no fue condenado por Cristo, ni tampoco alabado. Las personas representadas por el primer hijo, que rehusó obedecer, no merecen alabanza por tal actitud. Su franqueza no debe considerarse como una virtud. Santificada por la verdad y la santidad, ella los haría intrépidos testigos de Cristo; pero usada como lo es por el pecador, es insultante y desafiante, y se aproxima a la blasfemia.

El hecho de que un hombre no sea hipócrita, no amengua en absoluto su condición de pecador. Cuando las exhortaciones del Espíritu Santo llegan al corazón, nuestra única seguridad reside en responder a ellas sin demora. Cuando llega el llamamiento: “Ve hoy a trabajar en mi viña”, no rechacemos la invitación. “Si oyerais su voz hoy, no endurezcáis vuestros corazones”—Hebreos 4: 7. Es peligroso demorar la obediencia. Quizá no oigamos otra vez la invitación.

Según la parábola de los dos hijos, hay dos clases de personas en el mundo

Hay dos clases de personas en el mundo hoy día, y tan sólo dos clases serán reconocidas en el juicio: la que viola la ley de Dios y la que la obedece. Cristo da la prueba mediante la cual se ha de comprobar nuestra lealtad o deslealtad. “Si me amáis -dice él-, guardad mis mandamientos… que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, yo le amaré y me manifestaré a él… El que no me ama, no guarda mis palabras: y la palabra que habéis oído, no es mía sino del Padre que me envió”. “Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor”— Juan 14: 15-24; 15: 10.

En el Sermón del Monte, Cristo dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. La prueba de la sinceridad no reside en las palabras, sino en los hechos. Las palabras no son de ningún valor a menos que vayan acompañadas por los hechos correspondientes. Esta es la lección enseñada en la parábola de los dos hijos.

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