La parábola de los obreros de la hora undécima, explicación

parábola de los obreros de la hora undécima

Cristo relató a los discípulos la parábola de los obreros de la hora undécima para ilustrar la manera en la cual Dios trata con sus siervos y el espíritu con el cual él quiere que trabajen para Él.

“El reino de los cielos -dijo él-, es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a juntar obreros para su viña”. Era costumbre que los hombres que buscaban empleo esperaran en el mercado y allá iban los contratistas a buscar siervos. Se representa al hombre de la parábola saliendo a diferentes horas para emplear obreros. Aquellos que son empleados en las primeras horas convienen en trabajar por una suma determinada; los que son ajustados más tarde dejan su sueldo al juicio del dueño de casa.

Cómo Dios se relaciona con la familia humana según la parábola de los obreros de la hora undécima

“Y cuando fue la tarde del día, el Señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.  Viniendo los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Y viniendo también los primeros, pensaban que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario”.

La forma en que Dios se relaciona con la familia humana es contraria a las costumbres que prevalecen entre los hombres. En los negocios mundanales se otorga la compensación de acuerdo con la obra realizada. El obrero espera que se le pague únicamente lo que gana. Pero en la parábola, Cristo estaba ilustrando los principios de su reino, un reino que no es de este mundo. Él no se rige por una norma humana. El Señor dice: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos…”—Isaías 55: 8-9. 

En la parábola, los primeros obreros convinieron en trabajar por una suma estipulada, y recibieron la cantidad que se había especificado, nada más. Los que fueron ajustados más tarde creyeron en la promesa del patrón: “Os daré lo que fuere justo”. Mostraron su confianza en él no haciendo ninguna pregunta con respecto a su salario. Confiaron en su justicia y equidad. Y fueron recompensados, no de acuerdo con la cantidad de su trabajo, sino según la generosidad de su propósito.

Dios quiere que confiemos en Aquel que justifica al pecador

No es la cantidad de trabajo que se realiza o los resultados visibles, sino el espíritu con el cual la obra se efectúa lo que le da valor ante Dios. Los que vinieron a la viña a la hora undécima estaban agradecidos por la oportunidad de trabajar. Sus corazones estaban llenos de gratitud hacia la persona que los aceptó; y cuando al final de la jornada el jefe de la casa les pagó por el día entero, estaban grandemente sorprendidos. Sabían que no habían ganado ese salario. Y la bondad revelada en el semblante de su empleador los llenó de gozo.

Esto es lo que ocurre con el pecador que, conociendo su falta de méritos, ha entrado en la viña del Señor a la hora undécima. Su tiempo de servicio parece muy corto, no se siente digno de recompensa alguna, pero está lleno de gozo porque por lo menos Dios lo ha aceptado. Trabaja con un espíritu humilde y confiado, agradecido por el privilegio de ser un colaborador de Cristo. Dios se deleita en honrar este espíritu.

El Señor desea que confiemos en él sin hacer preguntas con respecto a nuestra recompensa. Cuando Cristo mora en el alma, el pensamiento de recompensa no primará. Este no es el motivo que impulsa nuestro servicio. Es cierto que en un sentido secundario, debemos tener en cuenta la recompensa. Dios desea que apreciemos las bendiciones que nos ha prometido. Pero no quiere que estemos muy ansiosos por la remuneración, ni que pensemos que por cada deber hemos de recibir un galardón. No debemos estar tan ansiosos de obtener el premio, como de hacer lo que es recto, independientemente de toda ganancia. El amor a Dios y a nuestros semejantes debe ser nuestro motivo.

En la parábola de los obreros de la hora undécima algunos se ofendieron

Cuando los trabajadores de la viña recibieron “cada uno un denario”, los que habían comenzado a trabajar temprano en el día se ofendieron. ¿No habían trabajado ellos durante doce horas? razonaron, y ¿no era justo que recibieran más que aquellos que habían trabajado solamente una hora de la parte más fresca del día? “Estos postreros sólo trabajado una hora -dijeron-, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día”.

Los primeros trabajadores de la parábola representan a aquellos que a causa de sus servicios, exigen que se los prefiera sobre los demás. Realizan su obra con espíritu de congratulación propia, y no ponen en ella abnegación y sacrificio. Pueden haber profesado servir a Dios durante toda su vida; pueden haber sido delanteros en soportar duros trabajos, privaciones y pruebas, y por lo tanto se creen merecedores de una gran recompensa. Piensan más en el pago que en el privilegio de ser siervos de Cristo. Según ellos, sus labores y sacrificios los hacen acreedores a un honor mayor que los demás, y debido a que esta pretensión no es reconocida, se ofenden.

Si estos obreros pusieran en su trabajo un espíritu amante y confiado, continuarían siendo los primeros, pero su disposición a quejarse y protestar es contraria al espíritu de Cristo, y demuestra que ellos son indignos de confianza. Revelan su deseo de engrandecimiento personal, su desconfianza en Dios, sus celos y mala voluntad hacia sus hermanos. La bondad y la liberalidad del Señor es para ellos sólo motivo de murmuración. Así muestran que no hay relación entre sus almas y Dios. No conocen el gozo de cooperar con el Artífice Maestro.

No hay nada más ofensivo para Dios que un espíritu estrecho y egoísta

Los judíos habían sido llamados primero a la viña del Señor; y por causa de eso eran orgullosos y justos en su propia opinión. Consideraban que sus largos años de servicio los hacía merecedores de una recompensa mayor que los demás. Los exasperaba una insinuación de que los gentiles habían de ser admitidos con iguales privilegios que ellos en las cosas de Dios. Cristo amonestó a los discípulos que fueron llamados en primer término a seguirle, a que no se acariciase entre ellos el mismo mal. El vio que un espíritu de justicia propia seria la debilidad y la maldición de la iglesia. Los hombres pensarían que podrían hacer algo para ganar un lugar en el reino de los cielos. Se imaginarían que cuando hubieran hecho cierto progreso, el Señor les ayudaría. Así habría abundancia del yo y poco de Jesús.

El jactarnos de nuestros méritos está fuera de lugar. “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová”—Jeremías 9: 23, 24.

La parábola de los obreros de la hora undécima es una amonestación sobre el amor y la humildad

No es la cantidad de tiempo que trabajamos, sino nuestra pronta disposición y nuestra fidelidad en el trabajo lo que lo hace aceptable a Dios. En todo nuestro servicio se requiere una entrega completa del yo. El deber más humilde, hecho con sinceridad y olvido de sí mismo, es más agradable a Dios que el mayor trabajo cuando está echado a perder por el engrandecimiento propio.

Tan sólo cuando el egoísmo está muerto, cuando la lucha por la supremacía está desterrada, cuando la gratitud llena el corazón y el amor hace fragante la vida, tan sólo entonces Cristo mora en el alma y nosotros somos reconocidos como obreros juntamente con Dios. “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. “(1 Sam. 16: 7).

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