La parábola de los obreros de la viña

La parábola de los obreros de la viña

Para que los discípulos no perdieran de vista los principios del evangelio, Cristo relató a sus discípulos la parábola de los obreros de la viña, que ilustraba la manera en la cual Dios trata con su pueblo y el espíritu con el cual Él quiere que trabajen para él. Esta parábola estaba dirigida a los discípulos a manera de respuesta a la pregunta “¿Qué, pues, tendremos?” —Mateo 19:27—. Puesto que lo habían dejado todo para seguir a Jesús, esperaban recibir una recompensa en compensación por el sacrificio realizado. Jesús les había asegurado que tendrían una recompensa, pero también les advirtió que no debían pensar que simplemente por haber sido los primeros en seguir a Jesús, podrían esperar recibir mayores recompensas y honores que otros súbditos del reino.

La parábola de los obreros de la viña

Los capítulos 19 y 20 de Mateo están entrelazados. Lo descrito en Mateo 20:1-16 ilustra la verdad afirmada en el capítulo 19:30, verdad que se repite al final de la parábola para darle mayor realce. La repetición de “así, los primeros serán postreros y los postreros, primeros: Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos”, antes y después de la parábola, hace resaltar la lección que la misma debía enseñar.

El contexto tiene que ver con el encuentro con el joven rico, luego del cual Jesús dijo a sus discípulos: “¡Cuán dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!”. Estas palabras asombraron a los discípulos. Se les había enseñado a considerar a los ricos como los favoritos del cielo; ellos mismos esperaban recibir riquezas y poder mundanos en el reino del Mesías; y si el rico no entraba en el reino de los cielos, ¿qué esperanza podría haber para el resto de los hombres?

Mas la pregunta de Pedro: “¿Qué pues tendremos?” había revelado un espíritu que, de no corregirse, haría ineptos a los discípulos para ser mensajeros de Cristo: era el espíritu del asalariado. Aunque habían sido atraídos por el amor de Cristo, los discípulos no estaban completamente libres de fariseísmo. Todavía trabajaban con el pensamiento de merecer una recompensa en proporción a su labor. Acariciaban un espíritu de exaltación y complacencias propias, y hacían comparaciones entre ellos. Cuando alguno de ellos fracasaba en algún respecto, los otros se sentían superiores.

El trato de Dios para con los que le dedican su servicio

Mateo 20:1-4 Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo acordado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera, vio a otros en la plaza que estaban ociosos, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron”.

En la parábola de los obreros de la viña, Jesús expone el trato de Dios para con los que le dedican su servicio y explica la base sobre la cual se recompensarán. La parábola enseña que no recibirían ni más ni menos que los otros, porque los ciudadanos del reino son todos iguales en el sentido de que todos son pecadores redimidos.

Era costumbre que los hombres que buscaban empleo esperaran en el mercado, y allá iban los contratistas a buscar siervos. Se representa al hombre de la parábola saliendo a diferentes horas para emplear obreros. Aquellos que son empleados en las primeras horas convienen en trabajar por una suma determinada; los que son ajustados más tarde dejan su sueldo al juicio del dueño de casa.

Mateo 20:8-10 Y cuando cayó la tarde, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y viniendo los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Y cuando vinieron los primeros, pensaban que habían de recibir más, pero ellos también recibieron cada uno un denario.

El trato del jefe de la casa con los obreros de su viña representa la forma en que Dios se relaciona con la familia humana. Dicho trato es contrario a las costumbres que prevalecen entre los hombres. En los negocios mundanales, se otorga la compensación de acuerdo con la obra realizada. El obrero espera que se le pague únicamente lo que gana. Pero en la parábola, Cristo estaba ilustrando los principios de su reino, un reino que no es de este mundo. Él no se rige por una norma humana. El Señor dice: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos… Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”—Isaías 55:7-9.

En la parábola de los obreros de la viña, los primeros convinieron en trabajar por una suma estipulada

Los obreros recibieron la cantidad que se había especificado, nada más. Los que se ajustaron más tarde creyeron en la promesa del patrón: “Os daré lo que fuere justo”. Mostraron su confianza en él no haciendo ninguna pregunta con respecto a su salario. Confiaron en su justicia y equidad, y fueron recompensados no de acuerdo con la cantidad de su trabajo, sino según la generosidad de su propósito.

Así Dios quiere que confiemos en Aquel que justifica al pecador. Concede su recompensa no de acuerdo con nuestro mérito, sino según su propio propósito. No es la cantidad de trabajo que se realiza o los resultados visibles, sino el espíritu con el cual la obra se efectúa lo que le da valor ante Dios. Los que vinieron a la viña a la hora undécima estaban agradecidos por la oportunidad de trabajar. Sus corazones estaban llenos de gratitud hacia la persona que los aceptó; y cuando al final de la jornada el jefe de la casa les pagó por el día entero, estaban grandemente sorprendidos. Sabían que no habían ganado ese salario. Y la bondad revelada en el semblante de su empleador los llenó de gozo.

Nunca olvidaron la bondad del dueño de la casa, ni la generosa recompensa que habían recibido

Esto es lo que ocurre con el pecador que, conociendo su falta de méritos, ha entrado en la viña del Señor a la hora undécima. Su tiempo de servicio parece muy corto, no se siente digno de recompensa alguna, pero está lleno de gozo porque por lo menos Dios lo ha aceptado. Trabaja con un espíritu humilde y confiado, agradecido por el privilegio de ser un colaborador de Cristo. Dios se deleita en honrar este espíritu.

El Señor desea que confiemos en él sin hacer preguntas con respecto a nuestra recompensa. Él nos asegura la salvación y a todos nos dará la misma paga aún si empezamos antes, aún si llegamos al final. No es si hicimos más que otros, es EL ESPÍRITU CON EL CUAL SE HACE LA OBRA. Cuando Cristo mora en el alma, el pensamiento de recompensa no primará. Este no es el motivo que impulsa nuestro servicio. Es cierto que, en un sentido secundario, debemos tener en cuenta la recompensa.

Dios desea que apreciemos las bendiciones que nos ha prometido. Pero no quiere que estemos muy ansiosos por la remuneración, ni que pensemos que por cada deber hemos de recibir un galardón. No debemos estar tan ansiosos de obtener el premio, como de hacer lo que es recto, independientemente de toda ganancia. El amor a Dios y a nuestros semejantes debe ser nuestro motivo.

La parábola de los obreros ilustra que hay que trabajar, no debemos estar ociosos

Esta parábola de los obreros de la viña no excusa a los que oyen el primer llamamiento a trabajar, pero no entran en la viña del Señor. Cuando el dueño de la casa fue al mercado a la hora undécima, y encontró algunos hombres sin ocupación, dijo: “¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?” La respuesta fue: “Porque nadie nos ha ajustado”. Ninguno de los que fueron llamados hacia la tarde del día estaba allí por la mañana. No habían rechazado el llamamiento. Aquellos que rechazan y luego se arrepienten, hacen bien en arrepentirse; pero no es seguro jugar con el primer llamamiento de la misericordia.

Cuando los trabajadores de la viña recibieron “cada uno un denario”, los que habían comenzado a trabajar temprano en el día se ofendieron. ¿No habían trabajado ellos durante doce horas? razonaron, y ¿no era justo que recibieran más que aquellos que habían trabajado solamente una hora de la parte más fresca del día? “Estos postreros sólo trabajado una hora -dijeron-, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día”.

“Amigo -respondió el patrón a uno de ellos-, no te hago agravio; ¿no te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; mas quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo tu ojo, porque yo soy bueno?”

Los primeros trabajadores

Los primeros trabajadores de la parábola representan a aquellos que, a causa de sus servicios, exigen que se los prefiera sobre los demás. Realizan su obra con espíritu de congratulación propia, y no ponen en ella abnegación y sacrificio. Pueden haber profesado servir a Dios durante toda su vida; pueden haber sido delanteros en soportar duros trabajos, privaciones y pruebas, y por lo tanto se creen merecedores de una gran recompensa. Piensan más en el pago que en el privilegio de ser siervos de Cristo. Según ellos, sus labores y sacrificios los hacen acreedores a un honor mayor que los demás, y debido a que esta pretensión no es reconocida, se ofenden.

Si pusieran en su trabajo un espíritu amante y confiado, continuarían siendo los primeros, pero su disposición a quejarse y protestar es contraria al espíritu de Cristo, y demuestra que ellos son indignos de confianza. Revelan su deseo de engrandecimiento personal, su desconfianza en Dios, sus celos y mala voluntad hacia sus hermanos. La bondad y la liberalidad del Señor es para ellos sólo motivo de murmuración. Así muestran que no hay relación entre sus almas y Dios. No conocen el gozo de cooperar con el Artífice Maestro.

No se trata de una cuestión de justicia o de injusticia, sino de generosidad

Los obreros habían acusado al propietario de favorecer a algunos y, por implicación, de perjudicarlos a ellos. El dueño les explica que no se trata de una cuestión de justicia o de injusticia, sino de generosidad. Había tratado en forma justa a todos sus jornaleros, y sin duda podía hacer algo más si así le placía. Jesús pone en claro aquí que el favor divino no se puede ganar, como lo enseñaban los rabinos. Los obreros cristianos no han cerrado un trato con Dios.

Si Dios tratara a los hombres meramente sobre la base de una justicia estricta, ninguno podría estar en condiciones de recibir las recompensas incomparablemente generosas del cielo y la eternidad. A la vista del cielo no tienen valor el conocimiento, la jerarquía, el talento, el tiempo de servicio, la cantidad de trabajo, ni los resultados visibles de la obra realizada, sino se toman en cuenta el espíritu voluntario con el cual se emprenden las tareas asignadas y la fidelidad con la cual se las realiza.

Este es el espíritu de todo verdadero servicio para Dios. Debido a una falta de ese espíritu, muchos de los que parecen ser primeros llegarán a ser últimos, mientras que aquellos que lo poseen, aunque se los considere como últimos, llegarán a ser primeros. Este es la gran enseñanza de la parábola de los obreros de la viña.

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2 comentarios en “La parábola de los obreros de la viña

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