Sé celoso y arrepiéntete!

pueblo de Dios

Hoy en día la condición del pueblo de Dios no difiere mucho de lo que ha sido en otros momentos de la historia en cuanto a rebeldía e idolatría se trata. Y hablamos del “pueblo de Dios” y no del mundo en general.

Tomando solo un pasaje del libro de Esdras podemos comparar nuestra situación con los cambios que debemos hacer a todo nivel si queremos de verdad transformarnos a imagen y semejanza de Jesús y prepararnos para su próxima venida.

Recordemos que la nación judía fue deportada a Babilonia en el siglo VI a.C. en un cautiverio realizado por Nabucodonosor. El Señor retiró la protección sobre su pueblo debido a su maldad y a su olvido del que ha debido ser su único Dios. Setenta años después, ya con el imperio Medo-persa, comienza la repatriación a la tierra prometida y aquí es donde encontramos un pasaje del libro de Esdras, cuando él es designado por Artajerjes como líder junto con Nehemías para la restauración de Jerusalén.

Esdras 9:1-5

“…El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras, de los cananeos, heteos, ferezeos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos, y hacen conforme a sus abominaciones”.

En su estudio, Esdras había aprendido que la apostasía de Israel se debía en gran parte al hecho de que se había enredado con las naciones paganas. Si hubiesen obedecido a la orden que Dios les diera, de mantenerse separados de las naciones circundantes, se habrían ahorrado muchas experiencias tristes.

Sin embargo, Esdras comenzó una reforma admirable. Con infinita paciencia y tacto, y con una cuidadosa consideración de los derechos y el bienestar de todos los afectados, procuró conducir por el camino correcto a Israel. Esdras enseñó la ley y mientras dedicaba su atención personal a examinar cada caso, procuraba hacer comprender al pueblo la santidad de la ley.  Y la reforma se hizo y el pueblo de Dios se acercó a Él.

El peligro de hoy para el pueblo de Dios

El peligro que han recorrido los hijos de Dios durante los últimos años ha sido el amor al mundo, la asociación con la forma de vida de los incrédulos. La mentalidad mundanal, el egoísmo y la codicia han estado carcomiendo la espiritualidad y la vida del pueblo de Dios. Cuanto más obtienen de este mundo, tanto más fijan sus afectos en él; y tanto más procuran obtener.

Muchos de los que creen ser parte del pueblo de Dios, se están esforzando con toda su energía para colocarse en la situación en la cual es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para ellos entrar en el reino.

Pensemos por un momento que estamos haciendo con nuestras vidas, con el uso de recursos económicos que Dios pone en nuestras manos, con la vestimenta, con lo que leemos, con lo que oímos, a dónde vamos, con quién compartimos el tiempo … Cuando nos ven en medio de la multitud, ¿es fácil que nos diferencien como pueblo de Dios?

¿Cuál es la asociación del pueblo de Dios con el mundo?

Ha predominado la actitud de apoderarse de tanto de este mundo como sea posible. No se han guardado los Mandamientos de Dios. Servimos a la Ley de Dios con la mente, pero las mentes de muchos han estado sirviendo al mundo.

Se tiene un espíritu mezquino, tacaño. Es verdad que es necesario economizar, pero algunos han extendido la economía hasta convertirla en mezquindad sin otro propósito que añadir a sus tesoros. La moda, ¡cuán poco sufren los jóvenes y los adultos, o se niegan a sí mismos por su religión! ¡Apenas si se piensa en el sacrificio entre ellos!

Se aman todavía los placeres; se deleita conversar de asuntos mundanales. Algunos no siguen una conducta honrada ni sincera. Se aprovechan de sus hermanos pobres, y los que tienen abundancia de recursos exigen a sus hermanos que están en situación embarazosa y angustiosa por falta de recursos, un precio superior al valor real de las cosas que les venden.

El cambio que necesitamos

La gran obra de cambio que necesitamos se realizará únicamente para los que estén dispuestos a ser purificados, que deseen ser diferentes y que manifiesten celo por las buenas obras. El pueblo de Dios se probará. Debe llevarse a cabo una obra profunda y escrutadora.

Lo mismo que los israelitas de la antigüedad, ¡cuán pronto olvidamos a Dios y sus obras admirables, y nos rebelamos contra él! Algunos contemplan el mundo y desean seguir sus modas y participar en sus placeres. Dios los probará para comprobar si su fe es genuina. Sé celoso y arrepiéntete.

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