La parábola de la viuda y el juez injusto, explicación

parábola de la viuda y el juez injusto

Cristo ilustró la parábola de la viuda y el juez injusto para relacionar lo que había estado hablando, el período que habría de preceder a su segunda venida y los peligros por los cuales deberían pasar sus discípulos. Con referencia especial a ese tiempo relató la parábola “sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar”.

“Había en cierta ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre alguno. Y había en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él constantemente, diciendo: «Hazme justicia de mi adversario». Por algún tiempo él no quiso, pero después dijo para sí: «Aunque ni temo a Dios, ni respeto a hombre alguno, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia; no sea que por venir continuamente me agote la paciencia». Y el Señor dijo: Escuchad lo que dijo el juez injusto. ¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. No obstante, cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra? “—Lucas 18:2-8

La viuda y el juez en la parábola

El juez presentado aquí no tenía consideración por la justicia ni compasión por los dolientes. La viuda que le presentaba su caso había sido rechazada con persistencia. Repetidas veces había acudido a él, sólo para ser tratada con desprecio y ser ahuyentada del tribunal. El juez sabía que su causa era justa y podría haberla socorrido en seguida, pero no quería hacerlo. Quería demostrar su poder arbitrario y se complacía en dejarla pedir, rogar y suplicar en vano. Pero ella no quería desmayar ni desalentarse. A pesar de la indiferencia y dureza de corazón de él, insistió en su petición hasta que el juez consintió en atender el caso.

Cristo presenta aquí un agudo contraste entre el juez injusto y Dios. El juez cedió a la petición de la viuda simplemente por egoísmo a fin de quedar aliviado de su importunidad. No sentía por ella ni piedad ni compasión; su miseria no le importaba nada. ¡Cuán diferente es la actitud de Dios hacia los que lo buscan! Las súplicas de los angustiados son consideradas por Él con infinita compasión.

La mujer que suplicó justicia al juez había perdido a su marido por la muerte. Pobre y sin amigos, no tenía medios de salvar su fortuna arruinada. Así, por el pecado, el hombre ha perdido su relación con Dios. Por sí mismo no puede salvarse, pero en Cristo somos acercados al Padre. El juez injusto no tenía interés especial en la viuda que lo importunaba pidiéndole liberación; sin embargo, a fin de deshacerse de sus lastimeras súplicas, la oyó, y la libró de su adversario. Pero Dios ama a sus hijos con amor infinito. Para Él el objeto más caro que hay en la tierra es su iglesia.

La oración de la viuda

“Hazme justicia de mi adversario”, representa la oración de los hijos de Dios. Satanás es su gran adversario. Es “el acusador de nuestros hermanos”. Y en esta parábola Jesús enseña a sus discípulos a orar por la liberación del poder de Satanás y sus agentes. En la profecía de Zacarías se pone de manifiesto la obra de acusador que hace Satanás y la obra de Cristo de resistir al adversario de su pueblo. El profeta dice: “Y mostróme a Josué, el gran sacerdote, el cual estaba delante del ángel de Jehová; y Satán estaba a su mano derecha para serle adversario. Y dijo Jehová a Satán: Jehová te reprenda, oh Satán; Jehová, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda. ¿No es este tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestimentas viles, y estaba delante del ángel”—Zacarías 3: 1, 3.

El pueblo de Dios está representado aquí por un criminal en el juicio. Josué, como sumo sacerdote, está pidiendo una bendición para su pueblo, que está en gran aflicción. Satanás está a su diestra como adversario suyo. Acusa a los hijos de Dios, y hace aparecer su caso tan desesperado como sea posible. Presenta delante del Señor sus malas acciones y defectos. Muestra sus faltas y fracasos, esperando que aparezcan de tal carácter a los ojos de Cristo que Él no les preste ayuda en su gran necesidad. Josué, como representante del pueblo de Dios, está bajo la condenación, vestido de ropas inmundas. Consciente de los pecados de su pueblo, se siente abatido por el desaliento. Satanás oprime su alma con una sensación de culpabilidad que lo hace sentirse casi sin esperanza. Sin embargo, ahí está como suplicante, frente a la oposición de Satanás.

Toda manifestación del poder de Dios en favor de su pueblo despierta enemistad 

Cada vez que Dios obra en su favor, Satanás y sus ángeles obran con renovado vigor para lograr su ruina. Tiene celos de todos aquellos que hacen de Cristo su fuerza. Su objeto consiste en instigar al mal, y cuando tiene éxito arroja toda la culpa sobre los tentados. Señala sus ropas contaminadas, sus caracteres deficientes. Presenta su debilidad e insensatez, su pecado e ingratitud, su carácter distinto al de Cristo, que ha deshonrado a su Redentor. Se esfuerza por espantar sus almas con el pensamiento de que su caso no tiene esperanza, que la mancha de su contaminación no podrá nunca lavarse. Espera destruir así su fe, a fin de que cedan plenamente a sus tentaciones, y abandonen su fidelidad a Dios.

Hazme justicia de mi adversario

Los hijos del Señor no pueden contestar las acusaciones de Satanás. Al mirarse a sí mismos, están listos a desesperar, pero apelan al divino Juez y Abogado. Presentan los méritos del Redentor. Dios puede ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. Con confianza los hijos del Señor le suplican que acalle las acusaciones de Satanás, y anule sus lazos. “Hazme justicia de mi adversario”, ruegan; y con el poderoso argumento de la cruz, Cristo impone silencio al atrevido acusador.

Cuando Satanás trata de cubrir al pueblo de Dios con negrura y arruinarlo, Cristo se interpone. Aunque han pecado, Cristo ha tomado la culpabilidad de su pecado sobre su propia alma. Ha arrebatado a la especie humana como tizón del fuego. Por su naturaleza humana está unido al hombre, mientras que por su naturaleza divina es uno con el Dios infinito. La ayuda está puesta al alcance de las almas que perecen. El adversario queda reprendido.

No obstante, los defectos del pueblo de Dios, Cristo no se aparta de los objetos de su cuidado. Tiene poder para cambiar sus vestiduras. Saca sus ropas contaminadas, y pone sobre los que se arrepienten y creen, su propio manto de justicia, y escribe “Perdonado” frente a sus nombres en los registros del cielo. Los confiesa como suyos ante el universo celestial. Dios hará justicia a sus elegidos. La oración: “Hazme justicia de mi adversario”, se aplica no solamente a Satanás, sino a los agentes a quienes instiga a presentar falsamente, a tentar y destruir al pueblo de Dios. Los que han decidido obedecer los mandamientos de Dios entenderán por experiencia que tienen adversarios que son dominados por una fuerza infernal.

El carácter del juez de la parábola

En la parábola de la viuda y el juez injusto, el carácter de dicho juez fue presentado por Cristo para demostrar la clase de juicio que se realizaba entonces y que pronto se iba a presenciar en su propio proceso. Deseaba que su pueblo de todos los tiempos comprendiese cuán poca confianza se puede tener en los gobernantes o jueces terrenales en el día de la adversidad. Con frecuencia los elegidos de Dios tienen que estar delante de los hombres que ocupan posiciones oficiales, pero que no hacen de la palabra de Dios su guía y consejero, sino que siguen sus propios impulsos sin disciplina ni consagración.

En la parábola Cristo demostró lo que debemos hacer: “¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?” Cristo, nuestro ejemplo, no hizo nada para vindicarse o librarse a sí mismo. Así los que le siguen no han de acusar o condenar, ni recurrir a la fuerza para librarse a sí mismos.”

Cuando sufrimos pruebas que parecen inexplicables, no debemos permitir que nuestra paz sea malograda. Por injustamente que seamos tratados, no permitamos que la pasión se despierte. Condescendiendo con un espíritu de venganza nos dañamos a nosotros mismos. Destruimos nuestra propia confianza en Dios y ofendemos al Espíritu Santo. Hay a nuestro lado un testigo, un mensajero celestial, que levantará por nosotros una barrera contra el enemigo.

No hay peligro de que el Señor descuide las oraciones de sus hijos

El Señor dice: “Invócame en el día de la angustia”—Salmos 50:15. Él nos invita a presentarle lo que nos tiene perplejos y nuestra necesidad de la ayuda divina. Nos aconseja ser constantes en la oración. Tan pronto como las dificultades surgen, debemos dirigirle nuestras sinceras y fervientes peticiones. Nuestras oraciones importunas evidencian nuestra vigorosa confianza en Dios. El sentimiento de nuestra necesidad nos induce a orar con fervor y nuestro Padre celestial es movido por nuestras súplicas.

Los hijos de Dios no son dejados solos e indefensos. La oración mueve el brazo de la Omnipotencia. Por la fe, los hombres “los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. “—Hebreos 11: 33, 34.

El Señor declara que será honrado por aquellos que se acerquen a Él, que fielmente se ocupen en su servicio. “Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado”—Isaías 26: 3. El brazo de la Omnipotencia se extiende para conducirnos hacia adelante, siempre adelante. Avanza -dice el Señor-; te enviaré ayuda. Porque pides por causa de la gloria de mi nombre, lo recibirás. Seré honrado ante la vista de los que esperan ver tu fracaso. Ellos verán cómo mi palabra triunfará gloriosamente. “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”—Mateo 21: 22.

Cualesquiera sean las cruces que hayan sido llamados a llevar, cualesquiera las pérdidas que hayan soportado, cualquiera la persecución que hayan sufrido, aun hasta la pérdida de su vida temporal, los hijos de Dios serán ampliamente recompensados. “Verán su cara; y su nombre estará en sus frentes”—Apocalipsis 22: 4.

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